viernes, 16 de julio de 2010

Mi padre

He aquí que veo a mi padre
he aquí que veo a mi madre
a mis hermanas y a mis hermanos

He aquí que veo el linaje de mi pueblo
desde el principio de los días...
...Y he aquí que me llaman
me piden que ocupe mi lugar entre ellos
En los atrios del Valhalla
Donde los valientes vivirán...
POR SIEMPRE!!!

Drikk minne Adolfo
Drikk minne, Papa!

Mi padre ya no está, y me duele tanto, que de momento no puedo poner nada.



Pocas cosas hay que decir, porque tuve la suerte de poder decírtelas todas cuando estabas vivo, si acaso, cuanto te echo de menos, cuanto añoro tu sonrisa, tus bromas, y por supuesto también tus consejos.

Te has ido sin decirme que te ibas, aunque hacía un tiempo, que llevabas comentándome todo lo cansado que estabas, lo mal que te sentías desde que hacías la dichosa diálisis, algo necesario para seguir viviendo, pero que te dejaba hecho polvo. Supongo que ahora, que estás en un lugar en el que ya no hay sufrimiento, estás contento, primero porque hiciste las cosas bien, dejaste todo en su sitio y a tus hijos y nietos orgullosos de haberte tenido como padre y como abuelo, y a la gente que te conocía y quería, agradecidos de haber tenido esa suerte; segundo, porque te has ido como tú querías, con un ‘jamacuco’ y sin enterarte de nada. Sin sufrir. Eso es lo que me gusta pensar, al menos.

Siempre vas a estar a mi lado, porque sólo tengo que cerrar los ojos, y a veces ni eso, para recordar tus manos, apretando las mías, abrazándome con fuerza; tus ojos, de ese verde tan bonito, que jamás se borrará de mi memoria, tu voz, cálida y fuerte, segura, del hombre que ha luchado contra los obstáculos de la vida y ha vencido, cariñosa, cuando de hablar con los tuyos se trataba, y sobre todo y ante todo, lo buen padre que has sido y cuanto, cuanto, cuanto me has querido.

Quiero quedarme con el recuerdo de todos los momentos buenos que pasamos, y también de los malos, de cómo te hacía enfadar a veces, de cómo cuidamos a la mama hasta que también se fue, de las cosas que te conté y tu entendiste, dándome tu apoyo incondicional, de la lucha y la constancia, de cuando era pequeñita y me cogías en brazos, de cuando íbamos con la moto a la playa, de cómo mirabas, y miras a tu nieto, mi hijo, con un brillo mágico en la mirada, de éste último año en el que pese a estar lejos el uno del otro, nos veíamos por la cam del ordenador, y hablábamos y hablábamos y nos reíamos también, de cómo siempre procuraste que nunca me faltase de nada, sobre todo y lo más importante, que nunca me faltase amor. Yo era, y soy, tu niña, y tu eres y serás siempre mi papa.

Como digo al principio, pocas cosas hay que decir, o muchas, según se mire, porque tú eres grande, tan grande, que lo que se diga de ti es siempre poco.
Dentro de pocos días, llevaré tus cenizas al lugar en que naciste, aquel al cual, cuando hablábamos de la muerte, pensando en un día lejano, decías que te gustaría regresar y abonar con ellas un bonito árbol. Me sentiré bien al hacerlo, y no lloraré, porque a ti no te hubiese gustado que lo hiciese. Te fundirás con el Todo, y volverás a la tierra que tanto amaste y de la cual surgiste un día, para hacer felices a todos cuantos hemos tenido la dicha de estar contigo.


Una palabra se repite en mi mente, una palabra que te define y que define el sentimiento que tengo hacia ti, una palabra, que junto al amor que me diste, lo dice todo. Orgullo.

Te quiero papa, siempre.