
Poca gente sabe que hasta un pequeño santuario, horadado en la roca viva de las montañas del maestrazgo castellonense, acudían cada mes de septiembre miles de personas en busca de desesperado auxilio. Durante treinta días, amparados en la oscuridad de la angosta sima que hace las veces de eremitorio, comandados por las brujas caspolinas y al ritmo de cantos ancestrales, lo imposible e inexplicable, lo divino y diabólico, lo racional e irracional cobran vida y forma. Levitaciones, comunicación con los muertos, don de lenguas, posesiones... fueron parte de las manifestaciones que rodearon a los hombres y mujeres que peregrinaba hasta la Cueva de la Balma. Y hoy, la oscura y desconcertante historia de los malignes permanece viva aún...
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